Zetaparo - el Alarmista

 
El Gobierno ha acordado la prolongación por 15 días del estado de alarma decretado con ocasión del conflicto planteado por los controladores aéreos, y una buena parte de los que siembran alarma a diario (políticos, periodistas), con cualquier pretexto, se manifiestan alarmados con esa medida, que juzgan excesiva y no democrática. En la práctica, eso significa que continúa la militarización provisional de ese cuerpo de la administración civil del Estado y se garantiza el normal desarrollo del tráfico aéreo durante las vacaciones de Navidad. Al parecer, el Gobierno tuvo dudas sobre la conveniencia de la prórroga, pero prefirió asegurarse la baza de la tranquilidad. La fingida alarma de los alarmistas debería de ser un espectáculo gastado por repetido, pero lleva mucho tiempo en cartel, lo que confirma que hay un público al que le gusta que lo engañen con truculencias, como en la lucha libre americana. Desde que Zapatero ganó por primera vez las elecciones generales, hace ya más de seis años, vivimos en estado de alarma permanente. Y cualquiera que haga un repaso de las hemerotecas de la prensa nacional podrá comprobar que lo que digo no es una exageración. Hubo alarma cuando se acusó al gobierno de mantener algún tipo de complicidad con los terroristas del 11-M y de hacer desaparecer las pruebas de la supuesta participación de ETA en ese atentado. Hubo alarma cuando se atribuyó al presidente Zapatero el proyecto de preparar la entrega de Navarra a un País Vasco a punto de alcanzar la independencia en unas conversaciones secretas con los terroristas. Hubo alarma durante el complicado proceso de elaboración y cepillado del Estatuto catalán, un intento subrepticio de romper la unidad de España y modificar el sentido de la Constitución sin reformarla. Las alarmas mayores y menores (memoria histórica, aborto, matrimonio gay, etc) se sucedieron a lo largo de toda la legislatura, pero llegaron las elecciones generales y Zapatero volvió a ganar, incluso con más ventaja que en la primera ocasión. La alarma de los alarmistas aumentó de nivel. ¿Cómo era posible que un presidente inepto, frívolo, mentiroso y oportunista resultase inmune a semejante clamor?. La derecha española inició la nueva legislatura no solo con dudas sobre la táctica de desgaste a elegir sino también sobre la conveniencia de cambiar su propio liderazgo (recordemos aquella noche de cuchillos largos en Génova). Afortunadamente, se desató la crisis económica mundial y el panorama se volvió sombrío pero estimulante. Por supuesto, el único culpable de la situación era el inevitable Zapatero, que pasó en horas veinticuatro de prometer el pleno empleo a bajar el sueldo a los funcionarios, congelar las pensiones, y privatizar empresas públicas. Justo todo lo contrario del proyecto político que se le supone a un conspicuo socialdemócrata. A falta de saber en que parará todo esto (los alarmistas están alarmados ante la alarmante posibilidad de que el maquiavélico Rubalcaba sea el sustituto del ineficaz Zapatero), hay que felicitar al señor Rajoy por la suerte que tuvo al no ganar las elecciones anteriores. Si tal suceso se hubiera dado ahora estaría enfrentado a los mismos problemas que ahogan al actual presidente del Gobierno. Y muy probablemente con el mismo escaso margen de maniobra para solucionarlos. ¿O alguien se cree que en una economía globalizada se puede cambiar la trayectoria de un país sustituyendo a una persona por otra ?. De momento, nadie le ha oído proponer al jefe de la oposición ninguna receta magistral contra la crisis. Excepto más privatizaciones.
 
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